Recientemente vivimos un penoso incidente en donde una joven aspirante a Miss Panamá, puso en evidencia su ignorancia acerca de un personaje universal como lo es Confucio.
Si bien es cierto que este tema ya ha sido tratado en casi todos los medios de comunicación, no podemos dejar de insistir en el mismo, porque somos el hazmerreír internacional, y porque certifica el axioma “mujer bonita, tiene que ser bruta”. Frase que de ningún modo es así; al contrario, vemos un aumento notable de la mujer panameña en la política y en la actividad empresarial y cultural entre otras actividades, y no son necesariamente mujeres feas.
Con la respuesta de esta joven se evidencia la falta de cultura general y la precaria educación de base que subyace en el país.
Quisiera referirme un poco a las bondades de la lectura, acuñada en una frase de un distinguido jurista ya fallecido que dijo: “los libros no muerden”, pero sí afectan considerablemente a los seres humanos de una manera positiva. La buena lectura representa el mejor vehículo para comunicarnos sin hablar. Proporciona datos, fechas e imágenes que despiertan la imaginación, y distintos modos del uso del lenguaje. Como tal, perfecciona y establece de manera perdurable las expresiones del pensamiento y registra con fehaciente rigor todas las mudanzas del idioma, que van sucediéndose en la historia a través de nuestras ideas y costumbres en la imaginación y en la investigación, comprendidas en las propias mudanzas del lenguaje.
En nuestro país hay un menoscabo del habla, cada vez más evidente en su empequeñecimiento cuantitativo. La sustitución e invención de locuciones expresivas no alcanza a suplir el déficit, y la aspirante a Miss Panamá es parte de este problema, que también es notorio en las conversaciones que escuchamos en la calle, en los sitios de reunión, en los hogares, en los lugares de trabajo, cualquiera sea la posición social “de los hablantes”, nuestro castellano exhibe la indigencia del vocabulario. Se habla con no más de 500 a mil palabras. La sustitución e invención de locuciones expresivas no alcanza a suplir el déficit de sus sustantivos, adjetivos, verbos, reduciéndose progresivamente nuestro capital de vocablos, tal como ocurre con los glóbulos rojos en un organismo que languidece víctima de anemia.
La debilidad de la expresión oral arroja, además otros síntomas de imprecisión y nebulosidad mental percibidos en las palabras que emanan de ciertos sectores de jóvenes cuyos diálogos estallan en ademanes mínimos, fragmentos de palabras y no pocas veces, gritos guturales, cuya violencia se impone para llenar el hueco que ha dejado una lengua en ausencia.
Incluso las personas consideradas cultas deben hacer un esfuerzo para no sucumbir en esos casos de pereza mental o inercia anímica y, es así, que recurrimos en parte a hablar como si estuviéramos escribiendo. Presenciamos el fenómeno normal en todo el mundo, hablamos de una manera cuando estamos en confianza y de otra cuando ya no lo estamos tanto. Dos lenguajes paralelos, pero el informal increíblemente más pobre.
Se observa, además, un derrame continuo de la lengua inscrita en el dominio del habla, la incrustación de términos y giros tomados de los libros y de la prensa, expresiones que las más de las veces son extraídas de disciplinas con terminologías impropias. Híbrida mezcolanza de palabras y giros populares con vocablos que supondrían conocimientos superiores.
Así la prensa y, agudamente el libro, lejos de ser letra muerta, es palabra viva, en tanto que el habla “lenguaje vivo” sobrevive penosamente gracias a la necesidad apremiante de comunicación y a las inyecciones de urgencias que le concede la lengua escrita. El libro definido en este primer plano de la lengua escrita, está hoy día en todo el mundo civilizado el factor dinámico de toda comunicación, por eso, es imperante que nadie, absolutamente nadie se pueda apartar de él.
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