La historia de las confrontaciones entre los pueblos palestino e israelí ha demostrado que si algún día llegara a alcanzarse la paz, ésta no será impuesta por las armas sino que deberá ser producto del acuerdo entre ellos. El papel de la comunidad internacional, por tanto, no puede ser otro que contribuir a que ese acuerdo se materialice.
En el pasado hemos recibido con justificada esperanza todas las mediaciones o los impulsos en el camino hacia una paz duradera, como fueron los Acuerdos de Camp David y de Oslo. Y no importa que en el tránsito hacia su materialización en efectos concretos se hayan producido reveses. Lo importante es seguir alentando el entendimiento entre israelíes y palestinos.
¿Qué sentido tiene, entonces, que algunos países, fuera de sintonía y de manera imprudente, como lo ha hecho el nuestro, por boca del presidente Martinelli, exterioricen juicios o hagan manifestaciones que proyectan una inoportuna parcialidad, que en nada contribuye a la distensión en esa convulsionada región?
En un repaso de la sección sobre “política exterior”, parte el capítulo denominado “Eje institucional”, en el “Programa de Gobierno” presentado por el entonces candidato Martinelli, podrá comprobarse que hay muy pocas precisiones sobre las posiciones que adoptaría nuestro país, bajo el “gobierno del cambio”, en temas como el conflicto del Oriente Medio. En ese campo como en muchos otros, hacen falta precisiones, concreción objetivos y de los tiempos para alcanzarlos.
El “gobierno del cambio”, en sus ocho meses de gestión, tampoco ha puesto empeño en “aclarar” rumbos, a pesar de que en varias áreas o no ha hecho lo prometido o ha cambiado sus propuestas originales, y no para bien, precisamente. En lugar de ajustar la brújula, que sería lo prudente y razonable, ha optado por improvisar y sorprendernos con anuncios, declaraciones y acciones que si bien pueden estar animadas de buenos propósitos, evidencian altas dosis de irreflexión.
En el campo de las relaciones internacionales, tradicionalmente hemos actuado con prudencia, como corresponde a una nación con naturales limitaciones geopolíticas; pero que tiene la responsabilidad de manejar un canal de proyecciones mundiales, cuya seguridad depende de su neutralidad.
De acuerdo a la Constitución, es responsabilidad del presidente de la República, dirigir, con la participación del ministro respectivo, en este caso el canciller, las relaciones exteriores. Y para esos efectos, dentro de la estructura del ministerio, cuentan con el que debiera ser su principal instrumento de apoyo: el Consejo Nacional de Relaciones Exteriores.
Como ni el presidente Martinelli ni el canciller Varela tienen experiencia ni trayectoria en el campo de las relaciones exteriores debieran, por tanto, valerse de ese cuerpo asesor, que debiera estar integrado, no es el caso actualmente, salvo dos o tres de sus miembros, por personas que puedan suplir esas carencias y aportar constructivamente a centrar y dar contenido a nuestra política exterior. Así fue en el pasado. Ojalá se rescatara esa tradición. Nos evitaría improvisaciones y sorpresas.
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